Pareciera
que la evolución de los sistemas de evaluación
del desempeño en Centroamérica ha caminado a un paso
más lento de lo que nos hubiésemos imaginado hace
un par de años. En ese entonces, iniciaba el auge del Cuadro
de Mando Integral (CMI) o Balanced Scorecard por su nombre en inglés,
y de nuevo las organizaciones retomaban el interés en definir
objetivos, indicadores y metas, buscando “bajar” la estrategia
ha todos los niveles de la empresa. Desde finales de la década
de los 90, cuando comienza a difundirse la metodología del
CMI, hasta hace unos años, en Centroamérica el CMI
fue más un tema académico qué práctico.
Como toda nueva metodología, en su momento se montaron seminarios
y sonó por un tiempo, pero no se alcanzó una difusión
práctica. En otras palabras, las empresas siguieron aplicando
sus métodos tradicionales de planificación estratégica
y operativa, perpetuando el divorcio existente entre la evaluación
del desempeño y el éxito empresarial.
La evaluación del desempeño en los últimos
años, para aquellas empresas que la practican, ha seguido
siendo en muchos casos entendida como algo que hacen “por allá” en
el departamento de recursos humanos y sigue incluyendo apreciaciones
subjetivas del “como” se trabaja y del esfuerzo y cualidades de
las personas. Si bien, debemos reconocer que en bastantes casos
se ha intentado incorporar elementos de resultado, estos no se
llevan a la práctica de manera efectiva, cayendo muchas
veces en medir los resultados de forma subjetiva, o peor aun, creyendo
que las actividades plasmadas en la descripción del puesto
son los resultados que deberíamos esperar del empleado.
Desde hace un par de años, hemos comenzado a ver luz al
final del túnel. Hemos notado un incremento muy significativo
en el número de empresas que están pasando de lo
académico a lo práctico en el tema del CMI. Esto
arroja esperanzas a que por fin las organizaciones comenzarán
a entender el término “evaluación del desempeño” como
sinónimo de logro de sus objetivos estratégicos,
y por ende, del acercamiento a su visión de futuro.
Si bien, el futuro de la evaluación del desempeño
es más alentador ahora, todavía existe una fuerte
resistencia a excluir aspectos cualitativos en las evaluaciones,
o bien, aspectos rutinarios que no reflejan un avance, un logro,
una mejoría, es decir, un aporte verdadero a la organización.
En muchos casos, esta resistencia se debe a que no se ha logrado
dar el paso hacia un entendimiento pleno de la diferencia existente
entre los términos desempeño y desarrollo del
capital humano, los cuales, al igual que el agua y el aceite, se
pueden juntar, pero no se pueden mezclar.
La problemática en el fondo es muy simple, o al menos así la
vemos nosotros: el desempeño es el reflejo de lo
que el desarrollo ha logrado . Es decir, nosotros debemos
desarrollar al capital humano para que alcance los resultados que
contribuyan a la consecución de los objetivos estratégicos
de la organización. Por ende, las habilidades, actitudes,
conocimientos, comportamientos, etc., son materia de desarrollo
de capital humano, mientras que el CMI es materia de desempeño.
Un ejemplo muy ilustrativo de la diferencia
entre estos dos conceptos surge de una conferencia impartida
por nuestra Firma en un congreso de Recursos Humanos hace un
tiempo. Luego de haber expuesto las ideas incluidas en el presente
artículo, uno de los participantes
a la exposición decía estar en desacuerdo con aislar
aspectos relacionados al comportamiento de los empleados en la
evaluación del desempeño. El participante era el
responsable de la gestión de recursos humanos en una empresa
de servicios de salud. Esta persona hacía ver que a su organización
no le interesaba únicamente que los médicos atendieran
de forma rápida y efectiva a los pacientes (entiéndase
resultados), pues de nada servía que al paciente le curasen,
cuando a lo largo de la consulta el médico se comportaba
de manera indiferente, apático o, peor aun, de forma grosera.
Por lo tanto, esta persona sostenía que era necesario evaluar
el desempeño de los médicos también en función
de su comportamiento y trato al paciente.
La inquietud que presentaba el participante
probablemente resume una de las principales causas por las cuales
no logramos dar el salto para separar desempeño y desarrollo. Si analizamos
detenidamente el caso planteado, lo que falla en el análisis
es la relación causal entre comportamiento y resultado.
En otras palabras, el trato que el médico dé a sus
pacientes tenemos que expresarlo en términos de resultado: índice
de satisfacción de los clientes . Lo que debemos evaluar
no es el comportamiento en sí, sino el resultado que éste
genera. Si pasamos una encuesta de satisfacción a los clientes
de esta empresa de servicios de salud, bastará incluir unas
cuantas preguntas respecto al trato que el cliente recibió y
su satisfacción con dicho trato. Al incorporar este tema
al índice de satisfacción y exigir al médico
un nivel determinado para este indicador, estaremos evaluando su
desempeño, no su comportamiento. Ahora bien, si este indicador
cae por debajo del nivel requerido, tenemos que desarrollar las
competencias del médico, buscando modificar los comportamientos
que permitan mejorar el indicador. Claro está que con frecuencia
nos enfrentaremos ante competencias muy difíciles de desarrollar
y probablemente tengamos que recurrir al reemplazo de empleados
a manera de mejorar el indicador, pero esto es tema para otra discusión.
Luego del intercambio anterior con
el participante de la conferencia, éste
sugirió entonces darle más peso a los resultados
y menos peso a los comportamientos en la evaluación del
desempeño, lo cual fue secundado por varios de los otros
asistentes. Esta es la respuesta de muchos profesionales de recursos
humanos para tratar de seguir mezclando el agua con el aceite.
El problema con esta posición, es que al final tendremos
una “calificación” de desempeño del empleado que
incluye en alguna medida sus comportamientos, y aun cuando lo tratemos
de negar, tarde o temprano esta calificación terminará siendo
base para decisiones salariales o de bonificación económica.
En dicho punto la situación se complica, pues estamos pagando
por “ lo que hace ” la persona y no por “ lo que logra ”.
Los asistentes insistían en que nuestra posición
no era del todo acertada, pues el porcentaje relativo de la evaluación
de comportamientos era bajo (digamos para fines ilustrativos un
10% del total de la evaluación) y entonces el impacto en
la calificación total no era significativo. A esto respondimos
simplemente: “¿Y entonces para qué incluirlo?”.
Ahora bien, si la renuencia a excluir
comportamientos de las evaluaciones del desempeño se debe a que es el único lugar en
el cual se están evaluando las competencias del personal,
la problemática debe resolverse mediante la conformación
de un proceso formal de definición, evaluación y
desarrollo de competencias técnicas y conductuales, lo cual
sin duda permitirá “independizar” el tema. Al respecto,
sugerimos leer nuestro artículo “El
Modelo Integral de Desarrollo del Capital Humano”.
Lo que queda claro, es que existe
aun una fuerte resistencia a aceptar como desempeño únicamente los resultados,
y específicamente, los que se definen mediante una metodología
como el CMI. Lo que no debe confundirnos es que el presente planteamiento
no implica que debamos dejar de evaluar las competencias y los
comportamientos. Esto debe medirse constantemente y debe tratar
de desarrollarse, pero por separado, sin imprimirle a esta evaluación
de competencias una connotación de desempeño, sino
más bien de retroalimentación, para que
los empleados busquen un auto-desarrollo sostenido que les permita
alcanzar los resultados y mostrar un buen desempeño.
A fin de cuentas,
lo importante es reconocer que necesitamos el aceite (desarrollo)
para poder conseguir el agua (resultados), pero no los metamos
en el mismo recipiente y tratemos de mezclarlos. Ing. Juan Fernando
Varela
Gerente General
DESISA Consultores

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